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CARTA DE UNA LUCIÉRNAGA A UN ELEFANTE

Cuando nos conocimos eras un elefante juguetón y despistado. Te emocionaste al conocerme. Yo también me emocioné. Querías entrar en mi casa y estar conmigo a todas horas, pero allí todo es de cristal. Te dejé mirar por una ventana pequeñita y te encantó. Estabas tan contento que querías venir a vivir conmigo. Te movías mucho. Decías lo primero que se te pasaba por la cabeza y al momento lo olvidabas.

Decidiste que yo no era buena para ti. Que no te hacía feliz. Te enfurruñaste. Querías olvidarme y no podías. Yo me enfadé porque me gustabas. Nunca he conocido a alguien como tú y no quería perderte. Pero no podía dejarte vivir conmigo y tampoco estar siempre pendiente de ti.

No sabías lo que era un reloj o una norma. Yo estaba fascinada contigo y aún lo estoy. No creía que pudiese haber alguien como tú. Reclamabas tanto mi atención que te pusiste triste cuando no pude atenderte. No podía meterte en casa y tú no te dabas cuenta. Ir a jugar contigo un rato servía de poco. Siempre querías más y te volvías a poner triste cuando me marchaba.

Hace un rato que eres un elefante pensativo, tumbado en una hamaca, intentando adivinar como transformarte para poder entrar en cualquier casa. Quieres cambiar.
Se que piensas en mi casa, pero aquí te sentirías atrapado. Para tí no hay nada imposible y por eso no lo ves. Hoy querías acariciárme con tu trompa por mi ventana. Si me asustas me enfado y entonces te grito y te enfurruñas. Me encanta jugar con tu trompa –todo es alucinante contigo– pero no puedes entrar en mi casa porque no hay sitio para alguien como tú.

Eres un elefante juguetón y despistado que cree que nada es imposible. Y yo vivo en una casa de cristal y soy una luciérnaga. Se que te gusta el presente, te aburre el futuro y olvidas el pasado, y aunque ahora no puedo ayudarte a conseguir lo que quieres, espero que no dejes de quererme como yo te quiero.

Beso de Luciérnaga

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ARENAS MOVEDIZAS

LA MARAVILLOSA Y EFÍMERA HISTORIA DE LA CHICA DE LAS ARENAS MOVEDIZAS Y EL RETRASADO

Fueron felices y comieron perdices. Eso era todo lo que la chica de las arenas movedizas veía en los ojos del retrasado desde el día en que se acostó con él por primera vez.

Le había pasado la vida volando. Pero había vivido con tanta intensidad cada momento que su espíritu era envidiable. No recordaba casi nada, pero todo lo vivido había dejado en él ese aura invisible que tienen los aventureros incansables. Indiana Jones de adolescente habría tenido fotos del retrasado en su cuarto. Ella tampoco era una chica corriente. No solo porque vivía en las arenas movedizas, también porque pasaba el día dándole vueltas a la cabeza. Intentaba descifrar cómo y por qué había llegado a coincidir con este personaje. Preguntándose si aquello era un encuentro casual o si estaban predestinados. Preguntándose si habría algo más aparte de compartir perdices (en el caso de que algún día abandonase las arenas movedizas). Pensando si quizá podía buscar en compañía del retrasado esa felicidad a la que tenía previsto renunciar. Preguntándose absurdamente si acaso esa felicidad le haría feliz.

Llegar tarde a todas partes y a todo nunca pareció ser un problema para él. Hasta ahora. Coincidir con la chica de las arenas movedizas le hizo pensar que había recorrido el camino quizá con cierta lentitud. Con mucha lentitud. Quizá con extrema lentitud. Pues se había dado cuenta que había recorrido un camino similar al de ella y sin embargo ella había tardado mucho menos. Lo que le hacía pensar que probablemente ella correría más que él y que su encuentro era una cosa circunstancial, fugaz, como cuando el humo de dos cigarrillos forma una figura espontánea y efímera. Un aro de humo. Se llena de poesía un instante eterno y se alimentan los sueños, al poco se desvanece y el mundo sigue girando.

Queda la estela de un momento bello, que quizá permanezca como algo más. Una sensación particular que sin saber cómo, se transmite y perdura, navegando entre recuerdos. Saltando entre personas. Como si esa sensación tuviera voluntad propia y quisiera participar del impulso hacia algo. Esa vida más bella que todos queremos y que a veces parece factible. Cuando te llega esa sensación. Esa idea sutil. Indefinida. Fugaz. Poética y efímera. Una flipada máxima. El recuerdo del humo.


EL HUMO ESCRIBIÓ UNA CANCIÓN

Yo...
vivo en las arenas movedizas,
y tú dices que aquí
nada se puede construir.
Yo llevo aquí media vida,
y tú dices que aquí
nada se puede construir.

Yo no se si prefiero
que estés equivocada
y que me sigas mirando
con esa puta cara
esperando que todo
lo que hacemos se hunda.
No se si prefiero que tengas razón
y que te salves
y que me acerques un palo

Haz el favor de buscar muy cerca de aquí
No me dejes aquí mucho tiempo sin tí

Dice que no ha visto nada
y que tiene mucha sed
Se va buscando un poco de agua
y jura que volverá
con algo
para sacarme de aquí

Yo...
me quedo pensando
que vivo en las arenas movedizas
que aquí nada se puede construir
que llevo aquí media vida

Yo...
me quedo pensando
me quedo pensando
que vivo en las arenas movedizas
que hace tiempo que vivo aquí
esta media vida
que llevo pensando